Santos Apóstoles · Kindle

Parte 4 · Capítulo 12

Introducción a la vida devota · San Francisco de Sales

DE LA TRISTEZA

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

Filotea, si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta tristeza, practica los siguientes remedios: «Si alguno está triste -dice Santiago-, que ore»: la oración es el más excelente remedio, porque eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único gozo y consuelo.

Mas, al orar, hemos de excitar afectos y pronunciar palabras, ya interiores ya exteriores, que muevan a la confianza y al amor de Dios, como: « ¡Oh Dios de misericordia! ¡Dios mío bondadosísimol ¡Salvador de bondad! ¡Dios de mi corazón! ¡Mi gozo, mi esperanza, mi amado esposo, bienamado de mi alma!» y otras semejantes.

Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y, aunque te parezca que en este estado, todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que, a pesar de ella, no dejamos de hacerlas, y que, haciéndolas con resistencia, tienen más valor, cesa entonces de afligirnos.

Canta himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a veces, de sus ataques, merced a este medio, como lo atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.

Es muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste, purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza es una pasión de suyo fría y árida.

Haz actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle las manos y los pies, levantar los ojos al cielo, elevar la voz hacía Dios con palabras de amor y de confianza, como ésta: «Mi amado para mí y yo para Él.

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