Capítulo 1
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Recuerdos de infancia
Tramo 2 de 16
Durante mucho tiempo me pregunté por qué tenía Dios sus preferencias: por qué no repartía por igual sus mercedes. Extrañaba yo verle prodigar favores extraordinarios a pecadores tan grandes como Pablo, Agustín, María Magdalena y tantos otros a quienes obligaba, por decirlo así, a recibir sus gracias. Cautivábame también la atención, al leer la vida de los santos, ver cómo acariciaba el Señor a ciertas almas desde la cuna al sepulcro, apartándoles del camino todos los obstáculos que les impedían llegar a El, sin permitir que el pecado empañara jamás el nítido esplendor de su vestidura bautismal. Me preguntaba a mí misma por qué los pobres salvajes, por ejemplo, mueren casi todos sin haber podido siquiera pronunciar el nombre de Dios.
Jesús se dignó ilustrarme acerca de este misterio. Puso ante mi vista el libro de la naturaleza y vi que todas las flores por El creadas eran hermosas; que el esplendor de la rosa y la blancura de la azucena no amenguan en nada el perfume de la humilde violeta, ni quitan nada a la sencillez encantadora de la margarita. Comprendí que si todas las flores quisieran ser rosas, perdería la naturaleza su galanura primaveral y ya no estarían los campos esmaltados de florecitas. Lo mismo ocurre en el jardín animado del Señor, en el mundo de las almas, pues a semejanza de las rosas y azucenas, le plugo crear los grandes santos; mas también creó otros más pequeños, que se contentaran con ser humildes violetas, o sencillas margaritas destinadas a recrear sus divinos ojos cuando los inclina a sus pies. Cuanto más las flores se gozan en hacerla voluntad divina, tanto más perfectas son.
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