Capítulo 2
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La muerte de su madre
Tramo 1 de 17
Tengo todavía presentes en mi corazón todos los pormenores de la enfermedad de mi madre, particularmente las últimas semanas que pasó en la tierra. Celina y yo parecíamos unas pobrecitas desterradas. Todas las mañanas venía a buscarnos la señora X, y pasábamos el día en su casa. Una vez no tuvimos tiempo de rezar nuestras oraciones antes de salir y Celina me dijo en voz baja por el camino: ¿Diremos que no hemos rezado todavía? Ya lo creo, le respondí. Confió entonces tímidamente su secreto a aquella señora, la cual nos dijo: Ahora podéis hacerlo, hijitas mías. Y dejándonos en una habitación muy grande, se marchó. Celina me miró estupefacta... Yo no lo estaba menos; por eso exclamé: ¡Ay, no es como mamá! Ella siempre se quedaba a hacernos rezar.
A pesar de las distracciones que se esforzaban en procurarnos, el pensamiento de nuestra querida madre se nos presentaba de continuo durante el día. Recuerdo que en cierta ocasión dieron a Celina un hermoso albaricoque, y llegándose a mí, me dijo: No lo comeremos, se lo daré a mamá. Mas, ¡ay!: nuestra querida madre estaba demasiado enferma para comer las frutas de la tierra; sólo debía saciarse ya de la gloria de Dios en el cielo, y beber con Jesús el misterioso vino de que habló en la última Cena, prometiendo compartirlo con nosotros en el reino de su Padre.
La conmovedora ceremonia de la Extremaunción quedó grabada en mi alma; todavía me parece ver el lugar donde me hicieron arrodillar; todavía oigo los sollozos de nuestro padre. Al día siguiente de la muerte de mamá! tomándome en brazos me dijo: Ven a besar por última vez a tu mamita. Yo, sin pronunciar palabra, acerqué mis labios a la helada frente de mi adorada madre.
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