Capítulo 2
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La muerte de su madre
Tramo 12 de 17
Á eso de las ocho venía mi padre a buscarnos. Recuerdo que por el camino iba yo contemplando las estrellas con un arrobamiento indescriptible... Sobre todo fijaba mi vista con delicia en un grupo de perlas de oro en el profundo firmamento (el tahalí de Orión) observaba que tenía la forma de una T y por el camino decía a mi amado padre: Mira, papá ¡mi nombre está escrito en el cielo! Después, no queriendo ver nada de la tierra miserable, le rogaba que me guiara; y sin mirar dónde asentaba los pies, levantando muy alto mi cabecita, no me cansaba de contemplar la estrellada bóveda azul.
¿Qué diré respecto a nuestras veladas de invierno en los Buissonnets? Después de jugar una partida de damas, María o Paulina leían el Año litúrgico y varias páginas de algún librito interesante a la par que instructivo. Mientras tanto, me acomodaba yo sobre las rodillas de papá, y terminada la lectura, me cantaba éste con su hermosa voz melodiosas canciones, como si quisiera hacerme dormir. Apoyaba yo entonces la cabeza sobre su corazón, meciéndome él suavemente. Subíamos por fin a rezar las oraciones de la noche, y me arrodillaba también al lado de mi buen padre; no tenía más que mirarle para saber cómo oran los santos. Rezadas las oraciones, me acostaba mi madrecita, y ya en mi cama, le preguntaba invariablemente: ¿He sido buena hoy? ¿Está Dios contento de mí? ¿Volarán los angelitos en torno mío?... La respuesta era siempre afirmativa; de no ser así, hubiera pasado la noche entera llorando. Después de este interrogatorio, Vuestra Reverencia y mi madrina me besaban, quedándose Teresita sola en la oscuridad.
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