Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 2

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La muerte de su madre

Tramo 2 de 17

Letra pequeñaMedianaGrande

No recuerdo haber llorado mucho, pero a nadie comuniqué los profundos sentimientos que embargaban mi corazón; observaba y escuchaba en silencio. Veía también muchas cosas que hubieran querido ocultarme, y hubo un momento en el cual me encontré sola frente al ataúd. Colocado éste de pie en el pasillo, permanecí largo rato contemplándolo; nunca había visto ninguno, pero comprendí para qué servía: era yo tan pequeña, que debía levantar la cabeza para verlo por dentro, y me parecía muy grande, muy triste.

Quince años después me encontré ante otro ataúd, el de nuestra santa madre Genoveva; y me creía otra vez en los días de mi niñez. Todos esos recuerdos acudieron en tropel a mi memoria. La Teresita de entonces había crecido; ya no le parecía grande el ataúd; no levantaba la cabeza para mirarlo, ya no la levantaba sino para contemplar el cielo, que le parecía muy alegre, pues las tribulaciones habían madurado y templado su alma.

Al morir mi querida madre, Dios no me dejó del todo huérfana: el mismo día que recibía cristiana sepultura, de tal modo, que nada en la tierra podía ya entristecerla, me dio otra madre, dejándome en libertad de escogerla. Estábamos reunidas las cinco hermanas mirándonos tristemente, y al vernos tan desconsoladas, se enterneció nuestra nodriza y exclamó mirándonos a Celina y a mí: ¡Pobrecitas niñas, ya no tenéis madre! Entonces Celina echándose en brazos de María, le dijo: ¡Ahora serás tú nuestra madre! Yo solía imitar en todo a Celina; en esta circunstancia debía haberlo hecho como nunca; pero pensé que quizá Paulina tendría pena y que se sentiría demasiado sola sin tener una hijita propia; entonces miré a Vuestra Reverencia con ternura, y escondiendo mi cabecita en su pecho, dije: ¡Pues para mí Paulina será mi mamá.

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