Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 1 de 13
Tenía ocho años y medio cuando terminó Leonia su educación, entrando yo a reemplazarla en la Abadía de las Benedictinas. Me pusieron en una clase de niñas todas mayores que yo; una de ellas, de catorce años, a pesar de ser poco inteligente, sabía imponerse a las pensionistas. Al ver el cariño que me demostraban todas las religiosas, y que a pesar de ser la más pequeña era casi siempre la primera en las composiciones, tuvo envidia de mí y me hizo pagar de mil maneras mis pequeños triunfos. Mi natural, tímido y delicado, no sabía defenderse, contentándome con llorar sin decir nada. Celina lo mismo que Vuestra Reverencia, Madre mía, ignoraba mi pena, y yo no tenía bastante virtud para sobreponerme a tales miserias, de modo que mi pobre corazoncito sufría mucho.
Por fortuna, cada noche volvía al hogar paterno, y allí se dilataba mi alma. Saltaba sobre las rodillas de papá, le decía las notas que había merecido y sus besos me hacían olvidar todas mis penas. ¡Con qué gozo anuncié el resultado de mi primera composición! Había tenido sobresaliente y recibí en recompensa una flamante monedita de plata, que guardé en mi alcancía destinándola a los pobres, lo mismo que hice casi cada jueves en adelante. Estos mimos le eran realmente necesarios a la pobre florecita; sí, le era menester hundir a menudo sus tiernas raíces en la tierra amada y selecta de la familia, ya que en ninguna otra parte encontraba la savia preciosa para su subsistencia.
Todos los jueves teníamos asueto; pero esas vacaciones no se parecían a las que concedía Vuestra Reverencia, las cuales por lo regular pasaba yo en el mirador con mi padre. No sabiendo jugar como las demás niñas, no me consideraba compañera muy agradable; sin embargo, hacía todo lo posible para imitar a las otras, sin conseguirlo jamás.
Capítulo anteriorÚltimo tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.