Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 2 de 13
Después de la compañía de Celina, que me era, por decirlo así, indispensable, buscaba sobre todo la de mi primita María, porque me dejaba elegir los juegos que me gustaban; nuestros corazones y nuestras voluntades marchaban ya siempre a la par, como si Dios nos hubiera hecho presentir que abrazaríamos un día la misma vida religiosa.en el Carmen.!
Muy a menudo en casa de mi tío, María y Teresita se convertían en dos verdaderos eremitas muy penitentes, sin más bienes que una pobre cabaña, un trigalito y un jardín, donde cultivaban algunas legumbres. Pasaban la vida en continua contemplación reemplazándose la una a la otra en la oración cuando era necesario ocuparse en la vida activa. Todo lo hacíamos con la cordialidad, silencio y modales propios de religiosas. Si íbamos de paseo, continuábamos nuestro género de vida, aun en la calle; los dos ermitaños iban rezando el rosario, contando con los dedos para no llamar la atención del indiscreto público. Pero un día se descuidó el solitario Teresita, pues le dieron un pastel para su merienda, y antes de comérselo, hizo una gran señal de la cruz, por lo cual muchos profanos del siglo no pudieron contener una sonrisa.
Nuestra unión de voluntades era excesiva a veces. Volviendo una tarde de la Abadía, quisimos imitar la modestia de los solitarios. Yo dije a María: Guíame, voy a cerrar los ojos. Yo quiero cerrarlos también, me respondió. Y ambas los cerramos.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.