Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 3 de 13
No debíamos temer los carruajes, pues íbamos por la acera; pero después del agradable paseo de algunos minutos, en que las dos aturdidas saboreaban la delicia de caminar sin ver, cayeron juntas sobre unas cajas colocadas en la puerta de un almacén y las volcaron del golpe. Al punto salió el comerciante lleno de cólera para levantar sus mercancías; pero las ciegas voluntarias se habían levantado solas y andaban precipitadamente, con los ojos y oídos bien abiertos para oír los justos reproches de Juana, que parecía tan enfadada como el mercader.
Nada he dicho aún de mis nuevas relaciones con Celina. En Lisieux se trocaron los papeles: tornóse ella un diablillo lleno de malicia, y Teresita una niñita muy mansa, pero en extremo llorona. Así es que necesitaba un defensor, habría que ver la intrepidez con que mi querida hermanita se encargaba de este oficio. Solíamos hacernos a menudo regalitos que nos proporcionaban mutuamente grandísimo placer. ¡Ay!, es que en aquella edad no conocíamos los desengaños de la vida; nuestras almas, en toda su lozanía, se abrían como flor primaveral, dichosas de recibir el rocío de la mañana; la misma ligera brisa balanceaba nuestras corolas. Sí, nuestras alegrías eran comunes; claramente lo experimenté el hermoso día de la Primera Comunión de mi querida Celina.
Contaba yo entonces siete años de edad y no iba aún a la Abadía. ¡Cuán grato recuerdo guardo de su preparación! Durante Jas últimas semanas, Vuestra Reverencia, Madre mía, le hablaba cada noche del gran acto que iba a cumplir; yo escuchaba, ávida de prepararme también, y cuando ordenaba que me retirase diciéndome que era todavía demasiado pequeña, se entristecía mucho mi corazón. Me parecía que cuatro años no eran demasiado para prepararse a recibir a Dios.
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