Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 11 de 13
Un domingo, durante la novena, salió María al jardín dejándome al cuidado de Leonia, que leía junto a la ventana. Al cabo de algunos minutos, me puse a llamar casi en voz baja: ¡María! ¡María! Leonia estaba acostumbrada a oírme gemir así constantemente y no me hizo caso; entonces grité muy alto, y al punto acudió María. La vi muy bien entrar, mas, ¡ay!, por primera vez no la reconocí. Miré en torno mío, dirigí al jardín una mirada ansiosa y empecé otra vez a llamar: ¡María!, ¡María!
Imposible describir el dolor que me causaba aquella lucha forzada e inexplicable; pero María padecía qui- Zá más aún que su pobre Teresita. Al fin, tras inútiles esfuerzos para dárseme a conocer, volvióse a Leonia; le dijo algo calladito y desapareció, pálida y temblorosa.
Leonia me llevó cerca de la ventana, y vi en el jardín, sin reconocerla todavía, a María, que caminaba despacito, tendiéndome los brazos, sonriéndome y llamándome con su más tierno acento: ¡Teresita!, ¡Teresita mía! Viendo que esta segunda tentativa no daba mejor resultado que la primera, se arrodilló llorando mi querida hermana al pie de mi cama, y volviéndose hacia la Virgen bendita, rogóle con el fervor de una madre que pide, que exige, la vida de su hija. Leonia y Celina hicieron lo mismo; aquella oración fue el grito de fe que forzó la puerta del cielo.
No encontrando auxilio alguno en la tierra, y casi a punto de morir de dolor, habíame vuelto yo también hacia mi Madre del Cielo, pidiéndole con toda mi alma que tuviera por fin compasión de mí.
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