Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 5 de 13
Nunca olvidaré la ternura con que me consoló mi madrecita. Me explicó la vida del claustro, y una noche, repasando solita en mi corazón el cuadro que me había trazado, sentí que el Carmen era el desierto donde Dios Nuestro Señor quería también ocultarme. Lo sentí con tal fuerza, que no cruzó por mi mente la menor duda de ello; no fue una ilusión de niña que se deja arrastrar por el entusiasmo, sino la certidumbre de un llamamiento divino. Aquella impresión, que me es imposible describir, me dejó con una paz muy grande.
Al día siguiente confié mis deseos a Paulina, y considerándolos ésta como voluntad del cielo, me prometió conducirme pronto al Carmen para ver a la Madre Priora, a quien podría confiar mi secreto.
Se escogió un domingo para esta solemne visita. Grande fue mi contrariedad cuando supe que tendría por compañera a mi prima María, siendo joven aún para poder ver a las Carmelitas. A pesar de todo era indispensable encontrar un medio de quedar sola, y he aquí lo que se me ocurrió: Dije a María que, habiéndosenos concedido el privilegio de ver a la Reverenda Madre, debíamos ser muy amables y corteses, y para ello confiarle nuestros secretos; por tanto, que sería preciso salir un momento la una y después la otra. A pesar de su repugnancia en confiar secretos que no tenía, María diome crédito y pude así quedar sola con la madre María Gonzaga, quien oyó mis grandes confidencias y se convenció de mi vocación; con todo, me dijo que no se recibían postulantes de nueve años y sería preciso esperar hasta cumplir los dieciséis años. A pesar del vivo deseo de entrar con Paulina y hacer mi Primera Comunión el día de su toma de hábito, tuve que resignarme.
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