Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 7 de 13
No comprendía que hubiera sido imposible dedicarnos a menudo media hora a cada una, y que debía reservar la mayor parte del tiempo a mi padrecito y a María; no me hacía cargo de esto y me decía en lo íntimo de mi corazón: ¡He perdido a mi Paulina! Mi espíritu se desarrolló tan extraordinariamente en medio del sufrimiento, que poco después caí enferma de gravedad.
La enfermedad que me atacó provenía sin duda alguna de la envidia del demonio, el cual, furioso por esta primera entrada en el Carmen, pretendió vengarse en mí del perjuicio tan grande que debía causarle mi familia en lo futuro. Mas ignoraba él que la Reina del Cielo velaba cuidadosamente por su florecita que le sonreiría desde arriba y haría cesar la tempestad en el crítico momento en que su delicado y frágil tallo fuera a troncharse.
Al finalizar aquel año de 1882, me dio un dolor de cabeza continuo, pero soportable, que no me impidió proseguir mis estudios; esto duró hasta la Pascua de 1883. Por entonces fue papá a París con Leonia y María, dejándonos a Celina y a mí al cuidado de mis tíos.
Cierta noche, encontrándome sola con mi tío, empezó a hablarme de mamá y de los recuerdos pasados con tal ternura, que me llegó al alma y me hizo llorar. Mi sensibilidad le impresionó; quedó sorprendido de que a mi edad tuviese yo los sentimientos que expresaba, y resolvió proporcionarme toda clase de distracciones durante los días de vacación.
Dios lo tenía dispuesto de otra manera. Aquella misma noche se me agravó en extremo el dolor de cabeza y me entró un temblor extraño que me duró hasta el día siguiente. Mi tía no se separó de mí un momento; como verdadera madre, me colmó durante toda mi enfermedad de los más solícitos, tiernos y abnegados desvelos.
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