Capítulo 3
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La enfermedad y la sonrisa de María
Tramo 9 de 13
No sé cómo explicar aquel mal tan extraño. Decía cosas que no pensaba; hacía otras como obligada y a pesar mío: casi siempre parecía delirar; con todo, tengo la seguridad de no haber perdido un solo instante el conocimiento. A veces permanecía desmayada horas enteras, hasta el punto de quedarme privada por completo. Pero en medio de aquel entorpecimiento extraordinario, oía claramente cuanto se decía en torno mío, aunque fuera en voz baja; todavía me acuerdo de ello.
¡Qué terrores más espantosos me sugería el demonio! Tenía miedo absolutamente de todo; mi cama me parecía rodeada de horribles precipicios; varios clavos que había en la pared de la habitación, tomaban a mis ojos la aterradora figura de unos de dotes negros y carbonizados que me arrancaban gritos de espanto.
Un día me miraba mi padre en silencio, y su sombrero, que tenía en la mano, se transformó de repente en no sé que forma horrible, causándome terror tan grande, que al notarlo mi pobre papá, se marchó sollozando.
Mas si Dios permitió al demonio que se acercara a mí exteriormente, también me enviaba ángeles visibles para consolarme y fortalecerme. María, no me dejaba un momento; jamás demostró el menor disgusto ni cansancio a pesar del trabajo que le daba, pues no consentía que se apartara de mí un instante. Durante las comidas me hacía compañía Victoria, pero yo no cesaba de llamar llorando: ¡María! ¡Maria! Si salía de casa, había de ser para ir a Misa o ver a Paulina; sólo entonces la dejaba ir sin protestar.
¿Qué diré de Leonia y de mi Celinita? ¡Cuánto hicieron por mí! Los domingos pasaban horas enteras encerradas con una pobre niña que parecía idiota. ¡Ah, queridas hermanitas, cuánto os hice padecer!
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