Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 16 de 21
Aquel año fuimos a pasar quince días durante las vacaciones a orillas del mar. Mi tía, siempre tan buena y maternal con sus hijitas de Buissonnets, nos procuró toda clase de distracciones: paseos en burro, pesca de lucios, etc.
Nos mimaba aun en nuestro atavío. No puedo olvidar que un día me dio cintas de color azul celeste. Era yo tan niña a pesar de mis doce años y medio, que gozosa anudé mis cabellos con aquellas hermosas cintas. Tantos escrúpulos tuve después, que me confesé en el mismo Trouville de aquel placer infantil, pareciéndome un pecado.
Hice allí un experimento muy provechoso:
Mi prima María padecía frecuentemente de jaqueca. Durante los ataques, mi tía la mimaba y la acariciaba prodigándole las más tiernas palabras, mas sin obtener nunca de ella más que lágrimas y la queja continua de: ¡Me duele la cabeza! A mí que, a pesar de sentirme casi cada día aquejada de este mismo dolor, no me lamentaba nunca, se me ocurrió una noche imitar a María. Me puse pues, a lloriquear en una butaca, en un rincón del salón. Acudió al punto a mi lado Juana, la mayor de mis primas, a quien yo quería mucho, y vino también mi tía, preguntándome por qué lloraba; yo a ejemplo de María respondí: ¡Me duele la cabeza!
Parece que eso de quejarme no me sentaba muy bien, pues no pude llegar a convencerlas de que el dolor de cabeza era el motivo de mis lágrimas. Mi tía, en vez de acariciarme como lo hacía habitualmente, me habló como a una persona mayor. Juana llegó a acusarme con mucha suavidad, pero con acento apenado, de falta de confianza y sencillez para con mi tía, reprochándome no haberle declarado la verdadera causa de mis lágrimas, que se imaginaba sería algún gran escrúpulo.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.