Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 14 de 21
¡Ah! bien lo sé; Nuestro Señor me conocía demasiado débil para exponerme a la tentación; sin duda me hubiera quemado enteramente a la engañosa luz de las criaturas; mas no brilló ante mis ojos. Allí donde las almas fuertes encuentran la alegría y se desprenden de ella por fidelidad a Dios, no he encontrado yo más que aflicción. ¿Dónde está, pues, mi mérito por haberme librado de esas frágiles ligaduras, puesto que únicamente un dulce afecto de la misericordia de Dios me preservó de ellas? Sin El, lo reconozco, habría podido caer en tanta abyección como la Magdalena; y las profundas palabras del Divino Maestro a Simón el Fariseo resuenan con gran dulzura en mi alma. Sí, sé que “aquel a quien se perdona menos, ama menos”, pero sé también que Jesús me ha perdonado más que a la Magdalena. ¡Ah!, ¡cómo quisiera poder expresar lo que siento! Pondré al menos un ejemplo que interprete de algún modo mi pensamiento.
Supongamos que el hijo de un sabio doctor, al tropezar en su camino con una piedra, cae y se rompe un miembro. Acude su padre al punto, lo levanta amorosamente, cura sus heridas, empleando en ello todos los recursos de su ciencia, y luego el hijo, completamente curado, le demuestra su gratitud. Indudablemente este hijo tiene razón en querer a tan buen padre; mas he aquí otra suposición:
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