Capítulo 4
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
Primera comunión y confirmación
Tramo 18 de 21
¡Qué compasión me inspiran las almas que se pierden! ¡Es tan fácil extraviarse por los floridos caminos del mundo! Cierto que para un alma medianamente elevada, la dulzura que el mundo le ofrece va mezclada de amargura, y el vacío inmenso de sus deseos no se llenará con momentáneas alabanzas; pero repito que si mi corazón no hubiera sido inclinado hacia Dios desde su despertar, y si el mundo me hubiera sonreído a mi entrada en la vida, ¡no sé qué hubiera sido de mí!... ¡Oh, amadísima Madre mía, cuán agradecida canto las misericordias del Señor! Según las palabras de la Sabiduría: “¿no me ha retirado del mundo antes que mi espíritu se corrompiera con la malicia, y las apariencias engañadoras sedujeran mi alma?”
Entre tanto, habiendo resuelto consagrarme de modo particular a la Santísima Virgen, solicité mi admisión en la Congregación de las Hijas de María. Para esto tuve que volver dos veces por semana al convento; confieso que esto me costó un poco a causa de mi excesiva timidez. Desde luego, quería mucho a mis queridas maestras y siempre les guardaré grandísima gratitud; pero, según ya dije, no tenía como las demás antiguas alumnas, una maestra particularmente amiga con la cual hubiera podido pasar horas enteras. Por tanto, trabajaba en silencio hasta el final de la lección de labores; y sin que nadie fijara en mí su atención, subía al punto a la tribuna de la capilla y allí permanecía hasta que venía a buscarme papá.
En esta silenciosa visita consistía todo mi consuelo. ¿No era Jesús mi único amigo? Sólo sabía hablar con El; las conversaciones con las criaturas aunque versaran sobre temas piadosos, me cansaban el alma. Cierto es que en tales desamparos tenía momentos de tristeza; mas en ciertos casos recuerdo que me consolaba repitiendo este verso de una hermosa poesía que nos recitaba papá:
La tierra es tu bajel, no tu morada.
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