Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 8 de 21
Estas impresiones divinas no debían quedar sin fruto; la práctica de la virtud se me hizo agradable y natural. Mi rostro delataba al principio la lucha interior de mi alma; pero poco a poco la abnegación me pareció fácil, aun en el primer momento. Jesús lo ha dicho: “Al que tiene, se le dará todavía más, y estará en la abundancia”. Por una gracia recibida con fidelidad, me concedía otras muchas. Se me daba El mismo en la Santa Comunión con más frecuencia de lo que yo hubiera osado esperar. Había adoptado como regla de conducta hacer muy fielmente todas las comuniones que me permitiera mi confesor, sin pedirle jamás que aumentara el número de ellas. Hoy me las compondría de otra manera, pues estoy convencida de que un alma debe manifestar a su director el atractivo que siente por recibir a su Dios. No baja cada día del cielo para quedarse en el áureo copón, sino para encontrar otro cielo; el cielo de nuestra alma, en donde tiene sus delicias.
Conociendo Jesús mi deseo, inspiraba a mi confesor que me diera permiso para hacer varias comuniones cada semana, permiso que por venirme directamente de El me colmaba de gozo. En aquel tiempo no me atrevía a manifestar mis sentimientos interiores; el camino que seguía era tan recto, tan luminoso, que no necesitaba más guía que Jesús. Comparaba yo a los directores con fieles espejos que reflejaban en las almas la imagen de Nuestro Señor, y pensaba que Dios no se valía conmigo de intermediario, sino que obraba directamente.
Cuando un jardinero rodea de cuidados un fruto que quiere hacer sazonar antes de tiempo, nunca es para dejarlo en el árbol, sino para servirlo en espléndida mesa. Con este fin prodigaba Jesús sus gracias a su florecilla. Quería hacer brillar en mí su misericordia.
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