Capítulo 5
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La gracia de Navidad
Tramo 20 de 21
Creyendo Su Excelencia complacer a papá, intentó convencerme de que debía permanecer todavía algún tiempo a su lado. ¡Cuál no sería el asombro y edificación del prelado al ver que mi padre tomaba mi defensa, añadiendo con expresión llena de bondad, que habíamos de ir a Roma con la peregrinación diocesana, y que yo no vacilaría en hablar del asunto al Santo Padre, si es que no obtenía antes el permiso solicitado!
A pesar de esto, el señor Obispo juzgó indispensable tener una entrevista con el Superior, antes de darnos una respuesta definitiva. Nada podía decirme que me apenara tanto como esto, pues sabía su formal y terminante oposición. De modo que, olvidando la recomendación del Señor Révérony, no sólo enseñé diamantes a Su Excelencia, sino que le hice presente de ellos. Monseñor, a quien vi hondamente conmovido, me prodigó caricias, como nunca, según dicen, las habría recibido de él ninguna otra niña.
No está todo perdido, querida hijita, me dijo; pero me alegro mucho de que hagas ese viaje a Roma con tu buen padre; así puede afirmarse más tu vocación. ¡En vez de llorar, deberías alegrarte! Además, la semana que viene pienso ir a Lisieux, hablaré de ti al Superior y seguramente recibirás mi respuesta en Italia.
Su Excelencia nos acompañó hasta el jardín, papá despertó vivamente su interés, refiriéndole que aquella misma mañana me había puesto moño alto para aparentar más edad. No se echó esto en saco roto; hoy sé que Monseñor no hablaba a nadie de su hijita sin contar la historia del peinado. Confieso que hubiera preferido que esto quedara en secreto. El señor Vicario General nos acompañó hasta la puerta, diciendo que jamás se había visto un caso semejante al nuestro; un padre tan impaciente por ofrecer a su hija a Dios, como ésta por consagrarse a:El,
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.