Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 3 de 21
Al llegar a París, nos hizo visitar papá todas las maravillas que encierra; en cuanto a mí, sólo encontré una: Nuestra Señora de las Victorias. Me sería imposible explicar lo que experimenté en su bendito santuario. Las gracias que me concedió, por la paz y la felicidad que inundaron mi alma, se parecieron a las de mi Primera Comunión...
Allí me dijo claramente mi Madre la Virgen María, que era Ella la que me había sonreído y sanado. ¡Con cuánto fervor le supliqué que me guardara siempre y realizara mis propósitos, cobijándome bajo la sombra de su manto virginal! Le pedí, además, que alejara de mí todas las ocasiones de pecado, porque no ignoraba que encontraría durante mi viaje muchas causas de perturbación. No conocía el mal y temía descubrirlo; no había experimentado “que todo es puro para los puros”. que el alma recta y sencilla no ve mal en nada, porque el mal sólo se aloja en los corazones impuros, y no en los objetos insensibles. Me encomendé también a SanJosé, cuya devoción fue siempre inseparable del amor que consagré a la Santísima Virgen desde mi infancia. Diariamente rezaba la oración: ¡Oh, San José, padre y protector de las vírgenes! Me parecía pues, estar bien protegida y resguardada de todo peligro.
Salimos de París el 7 de noviembre, después de consagrarnos al Sagrado Corazón en la basílica de Montmartre. Como se tratase de poner cada departamento del vagón bajo la advocación de un Santo, se convino en conceder este honor a alguno de los sacerdotes que viajaban en él, ya adoptando su patrono, ya el de su parroquia.
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