Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 7 de 21
En Venecia cambió completamente la decoración. En lugar del tumulto de las grandes ciudades, reina un profundo silencio, interrumpido tan sólo por los gritos de los gondoleros y el murmullo de las ondas agitadas por los remos. A esta ciudad no le faltan atractivos, pero es triste. El mismo palacio de los Duques, con todas sus magnificencias, es triste. Hace ya mucho tiempo que el eco de sus sonoras bóvedas dejó de repetir la voz de los gobernadores dictando sentencia de vida o muerte enlas sa las que visitamos. Han dejado ya de sufrir los infelices condenados, enterrados vivos en aquellos oscuros calabozos.
Al visitar aquellas terribles cárceles, me creía transportada por el tiempo de los mártires; con júbilo hubiera elegido yo por morada aquel tenebroso asilo si hubiera sido para confesar mi fe; mas presto la voz del guía me arrancó de mis ensueños, y atravesé el Puente de los Suspiros, así llamado a causa de los suspiros de alivio que exhalaban los pobres prisioneros al verse libres del horror de aquellas mazmorras más temidas que la misma muerte.
Después de habernos despedido de Venecia, veneramos en Padua la lengua de San Antonio, y más tarde, en Bolonia, el cuerpo de Santa Catalina, cuyo rostro conserva la señal del beso del Niño Jesús.
Con gran alegría me vi en el camino de Loreto. ¡Cuán bien eligió la Santísima Virgen este sitio para depositar su bendita Casa! Allí todo es pobre, sencillo y primitivo; sus mujeres no han adoptado, como las de las otras ciudades, la moda de París, sino que conservan el airoso traje italiano. Desde todo punto de vista, Loreto me cautivó.
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