Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 14 de 21
— Vamos... Vamos; entrarás si es la voluntad de Dios.
Deseaba insistir otra vez, pero dos guardias nobles me invitaron a levantarme. Viendo que esto no bastaba, tomáronme por los brazos, ayudándoles a levantarme el señor Révérony, pues yo permanecía todavía con las manos juntas apoyadas sobre las rodillas del Papa. En el momento en que me llevaban de esta manera, el buen Padre Santo puso suavemente su mano en mis labios, y después levantándola para bendecirme, me siguió largo rato con la vista.
Papá se apenó mucho al ver lo llorosa que salía yo de la audiencia; como él había pasado antes que yo, no sabía nada de mi gestión. El Vicario General se había mostrado con él en extremo amable, presentándolo a León XII como padre de dos carmelitas, y el Soberano Pontífice en signo de particular benevolencia, había puesto la mano sobre su venerable cabeza, como si le marcase con misterioso sello en nombre del mismo Cristo.
¡Ah! Ahora que está en el cielo este padre de cuatro carmelitas, no es ya la mano del representante de Jesús la que se posa en su frente, profetizándole el martirio, sino la del Esposo de las vírgenes, el Rey de los cielos, y nunca jamás se retirará esta mano divina de la frente que ha glorificado.
Grande era mi prueba; pero como había hecho absolutamente todo lo: que dependía de mí para responder al llamamiento de Dios, debo confesar que, a pesar de mis lágrimas, experimentaba en el fondo de mi corazón grandísima paz. Con todo, esta paz residía en lo íntimo; la amargura llenaba mi alma hasta los bordes... y Jesús callaba... Parecía ausente, nada me revelaba su presencia.
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