Capítulo 6
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
El viaje a Roma
Tramo 21 de 21
Como aguinaldo del 10. de enero de 1888, Jesús me regaló también su cruz, pues la M. María Gonzaga me escribió que desde el 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes, tenía en su poder la respuesta de Su Ilustrísima, en la cual se autorizaba mi entrada inmediata; pero que, a pesar de esto, estaba resuelta a no recibirme hasta después de la Cuaresma. No pude contener mis lágrimas a la idea de tan largo plazo. Esta prueba revistió para mí un carácter muy especial. Por una parte veía rotas las ligaduras que me ataban al mundo; y por otra, el Arca Santa rehusaba acoger a la pobre palomita.
¿Cómo transcurrieron aquellos tres meses, tan pródigos en padecimientos para mi alma, pero más aún en toda clase de gracias? Primeramente me vino al pensamiento llevar una vida más holgada y menos regulada que de costumbre; luego, Dios me dio a entender lo beneficioso que podía serme el tiempo que me ofrecía, y resolví entregarme más que nunca a una vida seria y mortificada.
Al decir mortificada, no entiendo que hiciera las penitencias de los santos. Estaba muy lejos de asemejarme a las hermosas almas que practican desde la infancia todo género de mortificaciones; las mías consistían únicamente en quebrantar mi voluntad, en retener una palabra de réplica, en hacer en torno mío cosillas por el estilo. Con la práctica de estas pequeñeces me preparaba a desposarme con Jesús, y no me es posible decir hasta qué punto hizo aumentar este retraso mi resignación en la voluntad de Dios, mi humildad y demás virtudes.
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