Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 7

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La entrada en el Carmelo

Tramo 14 de 14

Letra pequeñaMedianaGrande

En aquel tiempo me entró verdadera afición por los objetos más feos e incómodos; por eso experimenté gran contento cuando me quitaron de la celda el lindo cantarito de que me servía, poniéndome, en cambio, uno grande y aportillado. Me esforzaba también mucho en no excusarme, lo cual me era sumamente difícil, particularmente con nuestra Maestra, a quien no hubiera querido ocultar cosa alguna.

Mi primera victoria en este particular no tuvo importancia, pero me costó mucho. Alguien, no sé quién, dejó rota una vasija tras la ventana. Creyendo nuestra Maestra que tenía yo la culpa de haberla dejado rodar, me dijo que era muy desordenada y que otra vez tuviera más cuidado; en fin, pareció estar descontenta. Sin replicar palabra, besé el suelo y prometí después tener más orden en lo sucesivo. Dije ya que por mi escasa virtud se me hacían muy duras estas pequeñas prácticas, de modo que, tenía que apelar al pensamiento de que en el día del Juicio todo se revelaría.

Aplicábame especialmente a practicar actos de virtud muy ocultos; por ejemplo, me complacía en doblar las capas olvidadas por las Hermanas, y buscaba mil ocasiones de hacerles algún servicio. Grande atractivo tenía también para mí la penitencia, pero no me era permitido satisfacerlo en nada. Las únicas mortificaciones que se me: concedían consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me era de más provecho que las penitencias corporales.

Entre tanto, la Santísima Virgen me ayudaba a preparar la vestidura de mi alma; y tan pronto como estuvo terminada, se desvanecieron los obstáculos, y fijóse mi profesión para el día 8 de septiembre de 1890. Todo cuanto acabo de decir en tan pocas palabras exigiría muchas páginas; pero tales páginas no se leerán jamás en la tierra...

Siguiente capítulo

Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.