Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 2 de 14
Todo me pareció admirable en el convento; me creía trasladada a un desierto; mi celdita especialmente me embelesaba. Con toda mi alegría era apacible; ni el más ligero céfiro hacía ondular las tranquilas aguas en las cuales bogaba mi barquilla. Ninguna nube oscurecía el azulado cielo de mi alma; me juzgaba plenamente recompensada de todas mis tribulaciones; y con qué profundo júbilo repetía en mi interior: ¡Ya estoy aquí para siempre!
Semejante felicidad no era efímera; tampoco debía desvanecerse con las ilusiones de los primeros días. ¡Las ilusiones! Dios, en su misericordia, me ha preservado de ellas. Encontré la vida religiosa tal como me la había figurado; ningún sacrificio me ha sorprendido, y bien lo sabe Vuestra Reverencia, Madre mía, con más espinas que rosas tropezaron mis primeros pasos.
Primeramente sólo alimentaba mi alma el pan cotidiano, de una sequedad amarga. Después permitió el Señor que me tratase nuestra Madre con extremada severidad, aun sin darse cuenta. No podía encontrarla sin que me reprendiera. Recuerdo que una vez que dejé en el claustro una telaraña, me dijo delante de toda la Comunidad: ¡Bien se ve que nuestros claustros están barridos por una niña de quince años! ¡Es una lástima! Vaya a quitar esa telaraña y en lo sucesivo sea más cuidadosa. En las raras audiencias que me concedía, casi la hora entera que permanecía a su lado se pasaba riñéndome; y lo que más pena me daba era el que no atinase ya a entender el modo de corregirme de mis defectos, como mi lentitud y mi poca diligencia enlos oficios.
Pensé un día que sin duda desearía nuestra Madre que empleara yo en el trabajo las horas de tiempo libre, que de ordinario se consagran a la oración, y me puse a coser sin levantar la cabeza; pero como quería ser fiel y obrar tan sólo bajo la mirada de Jesús, nadie lo supo jamás.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.