Capítulo 7
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La entrada en el Carmelo
Tramo 7 de 14
Durante nuestra romería se les hacía muy largo a los viajeros el tener que pasar en el tren los días con sus noches, por lo cual, para distraerse, organizaban partidos de naipes, que muchas veces degeneraban en tempestuosas disputas. Cierto día nos invitaron a tomar parte en aquel juego, pero rehusamos alegando nuestra ignorancia en tal materia; el tiempo no nos parecía largo como a ellos, sino demasiado corto para admirar a nuestro sabor los magníficos panoramas que nos presentaba el paisaje. Esto desagradó a los viajeros y así lo dieron a conocer; entonces, tomando nuestro buen padre sosegadamente la palabra, salió en defensa nuestra dejando entender que como estábamos en romería no era bastante el tiempo consagrado a la oración.
Olvidando uno de los jugadores el respeto debido a las canas, exclamó sin reflexionar: ¡Por suerte, no abundan los fariseos! Papá no replicó ni una palabra, hasta se mostró santamente alegre, y poco después se dio traza para estrechar la mano de aquel caballero, acompañando esta hermosa acción con una palabrita de amable cortesía que daba a entender que no había oído el insulto, o al menos que lo había olvidado.
Además, sabe muy bien Vuestra Reverencia, Madre mía, que no empezó aquel día a perdonar, pues según testimonio de mamá y de todos los que le conocieron, jamás pronunció una sola palabra contra la caridad.
Su fe y su generosidad eran también a toda prueba. He aquí en qué términos anunció mi partida a uno de sus amigos: Ayer entró en el Carmen Teresita, mi reinecita. Sólo Dios puede exigir semejante sacrificio; pero El me ayuda tan generosamente, que, en medio de mis lágrimas, rebosa el corazón de alegría.
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