Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 14 de 19
Cierto día tuvo que ir con mi tía y mis primas a una reunión mundana. No sé por qué experimenté mayor pena que nunca; derramé abundantes lágrimas y supliqué a Nuestro Señor que le impidiese bailar... Así sucedió, en efecto. No permitió el Señor que su prometida bailase aquella noche; y por cierto que de ordinario, lo hacía con mucha gracia. El que debía bailar con ella encontróse también imposibilitado y no pudo hacer otra cosa que pasear religiosamente con la señorita, con no poca extrañeza de toda la concurrencia. Después de lo cual se eclipsó el pobre señor lleno de vergüenza y no se le volvió a ver en toda la noche. Esta aventura singular aumentó en mí la confianza y me mostró claramente que la señal de Jesús estaba también puesta en la frente de mi amadísima hermana.
El día 29 de julio del año pasado llamó el Señor a su gloria a nuestro buen padre, tan probado y tan santo. Durante los dos años que precedieron a su muerte, mi tío lo tuvo en su casa, rodeando su dolorosa vejez de toda clase de atenciones. A causa de la impotencia a que quedaba reducido, sólo una vez lo vimos en el locutorio durante el curso de su enfermedad. ¡Qué entrevista aquella! ¡Vuestra Reverencia se acuerda, Madre mía! Al momento de separarnos, como nos despidiéramos diciéndole: ¡Hasta la vista!, alzó los ojos, y señalándonos el cielo con el dedo, permaneció así largo rato expresando su pensamiento,con estas únicas palabras pronunciadas con voz embargada por el llanto: ¡En el cielo!
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.