Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 8

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La profesión religiosa

Tramo 17 de 19

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tan sólo en el fondo del corazón una paz humilde y profunda.

¡Ah, cuántas luces he sacado de las obras de San Juan de la Cruz! A la edad de diecisiete y dieciocho años, fue éste mi único alimento. Pero después, los autores espirituales me dejaron en la más completa aridez, y todavía permanezco en esta disposición. Si abro un libro, aunque sea el más hermoso y conmovedor, se me oprime el corazón al momento, y leo sin comprender, o si comprendo, se detiene mi espíritu sin poder meditar.

En esta impotencia acuden en mi socorro la Sagrada Escritura y la Imitación de Cristo; en ellas encuentro un maná escondido, sólido y puro. Pero el Santo Evangelio, más que ningún otro libro, mantiene mi oración; en él bebe a su sabor mi pobrecita alma. Cada vez descubro nuevas luces, ocultos y misteriosos significados. Comprendo y sé por experiencia “que el reino de Dios está dentro de nosotros”.

Jesús no necesita de libros ni doctores para instruir a las almas: El, el Doctor de los doctores, enseña sin ruido ni palabra. Nunca le oí hablar, pero sé que está en mí. En todos los instantes me guía y me inspira, y precisamente en el momento en que las necesito es cuando descubro claridades desconocidas hasta entonces. Regularmente no brillan a mis ojos en las horas de oración, sino en medio de las ocupaciones del día.

¡Oh, Madre mía! Después de haber recibido tantas gracias ¿no puedo cantar con el Salmista “cuán bueno es el Señor, cuán eterna es su misericordia”. Creo que si todas las criaturas recibieran los mismos favores, Dios no sería temido de nadie, sino amado hasta con exceso; por amor y no por temor, nadie cometería jamás la menor falta voluntaria.

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