Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 8

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La profesión religiosa

Tramo 7 de 19

Letra pequeñaMedianaGrande

Dos meses después de ese bendito retiro, nuestra venerada Madre fundadora, Genoveva de Santa Teresa, dejó nuestro humilde Carmen para entrar en el Carmen de los cielos.

Pero antes de hablar de las impresiones que me causó su muerte, quiero decirle, Madre mía, mi dicha por haber vivido varios años junto a una santa, no inimitable, pero sí santificada por virtudes escondidas y ordinarias. Más de una vez recibí de ella grandes consuelos.

Un domingo, al ir a hacerle mi habitual visita en la enfermería, la encontré en compañía de dos Hermanas ancianas. Iba a retirarme discretamente, cuando oí que me llamaba, y con semblante inspirado me dijo: Espere un poco, hija mía, sólo tengo que decirle una palabrita; me pide siempre un ramillete espiritual; pues bien, hoy voy a darle éste: Sirva a —. Dios con paz y alegría; tenga presente hija mía, que nuestro Dios es el Dios de la paz.

Dile las gracias con sencillez y salí con lágrimas en los ojos, convencida de que Dios le había revelado el estado de mi alma, casi triste, y en una oscuridad tan densa, que ya no sabía si Dios me amaba. Bien podrá figurarse Vuestra Reverencia, amada Madre, el gozo y el consuelo que sucedieron a aquellas tinieblas.

Quise averiguar el domingo siguiente la revelación que había tenido la Madre Genoveva; pero ella me aseguró que no había recibido ninguna, y entonces creció mi admiración al ver cómo vivía Jesús en su alma en grado tan eminente, haciéndola obrar y hablar: ¡Ah, aquella santidad, a mi parecer, es la más verdadera y la más santa: es la que anhelo, pues no cabe en ella la menor ilusión!

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