Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 9 de 19
No concedo importancia ninguna a mis sueños; además, raras veces los tengo simbólicos; por esto me admira que, pensando todo el día en Dios, no acuda este pensamiento con más frecuencia a mi mente cuando duermo. Ordinariamente sueño en bosques, flores, arroyos y el mar. Casi siempre veo hermosos niños, y cazo mariposas y pájaros, como jamás he visto. Ya ve, Madre mía, que si mis sueños tienen cierta apariencia poética, están muy lejos de ser místicos.
Una noche, después de la muerte de la Madre Genoveva, tuve uno más consolador. Soñé que aquella santa Madre repartía entre nosotras los objetos que le habían pertenecido; al llegar mi turno, creí que me quedaría sin nada, pues sus manos estaban vacías, pero mirándome con ternura, me dijo tres veces: A vuestra Caridad le dejo mi corazón.
Un mes después de una muerte tan preciosa ante Dios, es decir, al terminar el año de 1891, una epidemia de gripe atacó nuestra Comunidad. Yo la pasé muy leve, de modo que pude mantenerme en pie con otras dos Hermanas. Es imposible imaginar el cuadro desolador que ofrecía nuestro convento en aquellos días de duelo. Las enfermas más graves eran cuidadas por las que apenas podían arrastrarse; la muerte reinaba en todas partes, hasta el punto que apenas exhalaba el último suspiro alguna de nuestras hermanas, forzosamente teníamos que abandonarla en seguida.
El día que cumplí diecinueve años fue entristecido con la muerte de nuestra Madre Superiora, a quien asistí en su agonía junto conla enfermera. A esta muerte siguieron dos más. Hallábame entonces sola en la sacristía, y me pregunto hoy cómo pude atender a todo.
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