Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 8 de 19
El mismo día que aquella verdadera Madre trocó este valle de destierro por la verdadera Patria, recibí una gracia muy singular. Era la primera muerte que presenciaba y en verdad que el espectáculo era encantador. Pero durante las dos horas que permanecí al pie del lecho de la santa moribunda, se apoderó de mí una especie de insensibilidad que me apenaba, cuando, en el mismo instante en que nuestra Madre nacía para el cielo, cambió completamente mi disposición interior. Súbitamente me sentí inundada de alegría y fervor indecibles; parecía que el alma bienaventurada de nuestra santa Madre me hubiese dado en aquel momento una parte de la felicidad de que ella gozaba ya, pues estoy persuadida de que fue derecho al cielo.
Durante su vida le dije un día: ¡Oh Madre mía, lo que es Vuestra Reverencia no irá al purgatorio! ¡Así lo espero!”, me respondió con dulzura. Seguramente no pudo Dios frustrar una esperanza tan llena de humildad: las muchas - gracias que hemos recibido son prueba de ello.
Todas las Hermanas se apresuraron a reclamar alguna reliquia de nuestra venerable Madre; Vuestra Reverencia sabe, Madre mía, la que conservo yo como cosa preciosísima. Durante su agonía vi brillar una lágrima en sus párpados, como un hermoso diamante. La última lágrima que derramó en la tierra no se desprendió. Brillaba aún cuando expusieron sus restos mortales en el coro. Tomando entonces un lienzo fino, y de noche, sin ser vista por nadie, me atreví a acercarme; así es que tengo ahora la felicidad de poseer la última lágrima de una santa.
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