Capítulo 8
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La profesión religiosa
Tramo 13 de 19
Mas ya que estoy en el capítulo de mis deseos, diré que hay otros, de diferente género, que el divino Maestro se complació en satisfacer también; deseos infantiles, parecidos al de la nieve del día de mi toma de hábito. Ya conoce Vuestra Reverencia, Madre mía, mi predilección por las flores. Al encerrarme prisionera a los quince años, renuncié para siempre a la felicidad de correr por los campos esmaltados con los tesoros de la primavera. Pues bien, ¡nunca tuve tantas flores como desde mi entrada en el Carmen!
Es costumbre en el mundo que los desposados obsequien a sus prometidas con lindos ramilletes; no olvidó esto Jesús... Con gran profusión recibí para su altar todas las flores que más me embelesan: acianos, amapolas, margaritas de las grandes. Sólo faltaba que acudiera a la cita una de mis florecillas más preferidas: la neguilla que crece en el trigo; deseaba mucho volver a verla, y he aquí que últimamente vino a sonreírme y a demostrarme que, sin esperar a la otra vida, da Dios el ciento por uno, tanto en las grandes cosas como en las que carecen de importancia, a las almas que lo abandonan todo por su amor.
Quedábase sin realizar el más íntimo y, por muchos motivos, el más difícil de mis deseos: la entrada de Celina en el Carmen de Lisieux. No obstante ello, ya había consumado el sacrificio de semejante anhelo, confiando sólo a Dios el porvenir de mi querida hermana. Me resignaba a que se alejara, hasta el fin del mundo, si fuera preciso; pero quería verla, como yo, esposa de Jesús. ¡Ah! ¡Cuánto me atormentó el saber que estaba expuesta en el mundo a peligros que para mí habían sido desconocidos! Puedo decir que mi cariño fraternal se asemejaba más bien al amor de una madre; me sentía llena de abnegación y solicitud por su alma.
Último tramo abierto guardado si su navegador acepta cookies. También puede guardar esta página en favoritos.