Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 2 de 26
Al decir que todas las alabanzas me dejarían insensible, no quiero hablar, Madre mía, del amor y de la confianza que me demuestra; le estoy, al contrario, muy agradecida, pero veo que nada tengo que temer, que puedo disfrutar de ello ahora a mis anchas, refiriendo al Señor lo bueno que ha querido poner en mí. Sí le place hacerme parecer mejor de lo que soy, es cosa que no me incumbe; es muy libre de hacer lo que quiera.
¡Dios mío, qué diferentes son los caminos por los cuales conducís a las almas! Vemos en la vida de los santos que muchos no han dejado después de su muerte el más pequeño recuerdo, ni el menor escrito. En cambio, hay otros, como nuestra Madre Santa Teresa, que enriquecieron la Iglesia con su doctrina sublime, no temiendo “revelar los secretos del Rey”. para que fuera mejor conocido y amado de las almas. ¿Cuál de estas dos maneras prefiere el Señor? Me parece que ambas le son igualmente agradables.
Todos los predilectos de Dios han seguido la inspiración del Espíritu Santo, que hizo escribir al profeta: “Decid al justo que todo está bien”. Sí, todo está bien cuando sólo se procura que triunfe la voluntad divina; por eso yo, pobre florecilla, obedezco a Jesús, tratando de complacer a la que hace para mí sus veces en la tierra.
Sabe Vuestra Reverencia, Madre mía, que mi constante deseo ha sido llegar a ser santa. Mas, por desgracia, cuantas veces me he comparado a los santos, he comprobado que existe entre ellos y yo la misma diferencia que notamos entre una montaña cuya cumbre se pierde en las nubes y el humilde grano de arena pisoteado por los caminantes.
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