Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 25 de 26
No tardó en suceder lo que temíamos: el ruido que estábamos haciendo despertó a Vuestra Reverencia, y toda la culpa recayó en mí. La hermana a quien había resistido empezó inmediatamente un largo discurso cuyo fondo era éste: “La hermana Teresita del Niño Jesús es quien ha hecho el ruido”. Ardía yo en deseos de disculparme, pero felizmente se me ocurrió una idea luminosa: pensé que seguramente si empezaba a justificarme, perdería la paz de mi alma, y que siendo demasiado débil, por otra parte, mi virtud, para dejar de defenderme yo si me acusaban, debía elegir la huída como última tabla de salvación. Dicho y hecho: Huí... pero mi corazón latía con tal violencia, que no pudiendo alejarme mucho, me senté en la escalera para gozar en paz del fruto de mi victoria. Extraña valentía era ésta sin duda; pero creo que vale más no exponerse al combate cuando la derrota es segura.
¡Ay! ¡Cada vez que recuerdo el tiempo de mi noviciado, cómo noto lo imperfecta que era! Ciertas cosas de entonces me causan risa hoy. ¡Qué bueno es el Señor por haber levantado mi alma y concedídole, alas! Jamás las redes de los cazadores podrían ya asustarme; pues “en vano se echa la red ante los ojos de aquéllos que tienen alas”.
Podrá ser que más tarde el tiempo actual me parezca también sembrado de innumerables miserias, pero ya nada me sorprende; no me aflijo al ver que soy la flaqueza misma; por el contrario, en ella me glorifico y me resigno a descubrir en mí diariamente nuevas imperfecciones. Confieso que estas luces que recibo acerca de mi propia nada, me son más provechosas que si se refieren a la fe.
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