Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 1 de 26
Madre venerada: habiéndome manifestado el deseo de que termine de cantar con Vuestra Reverencia las misericordias del Señor, no quiero razonar; pero no puedo menos que reírme al tomar nuevamente la pluma para referir lo que sabe tan bien como yo. En fin, obedezco; no quiero indagar de qué utilidad pueda ser este manuscrito. Confieso, Madre mía, que si lo quemara a mi vista, aun antes de haberlo leído, no experimentaría ningún pesar.
Cree generalmente la Comunidad que me ha prodigado Vuestra Reverencia toda clase de mimos desde mi entrada en el Carmen; pero “el hombre no ve más que las apariencias; sólo Dios lee en el fondo de los corazones”.
¡Oh, Madre mía, le doy gracias por haberme tratado sin miramientos! Sabía Jesús que su florecilla necesitaba el agua vivificadora de la humillación; que sin ella, débil como era,no arraigaría jamás, y a Vuestra Reverencia debe este inestimable valor.
Hace algunos meses que el Divino Maestro ha cambiado completamente su método para hacer que crezca su florecilla; estimando sin duda que está bastante regada, la deja crecer ahora bajo los bienhechores rayos de un sol resplandeciente. No quiere ya para ella sino la sonrisa de dicho sol,la cual, venerada Madre mía, le concede también por su mediación. Este dulcísimo Sol, en vez de marchitar la florecilla, la hace crecer prodigiosamente. En el fondo de su cáliz conserva las preciosas gotas de rocío que recibió antes; estas gotas le recordarán siempre que es pequeña y débil, y aunque todas las criaturas se inclinaran hacia ella, admirándola y colmándola de alabanzas, no añadirían jamás un átomo de vanagloria al verdadero goce que saborea en su corazón, viéndose a los ojos de Dios una pobrecita nada, y no más.
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