Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 11 de 26
Si canto la felicidad del cielo, la eterna posesión de Dios, noes porque sienta goce alguno; canto sencillamente lo que quiero creer. Confieso que algunas veces ilumina mi alma un tenue rayo de sol; cesa entonces la prueba un instante, pero después el recuerdo de este rayo en vez de consolarme, hace más densas aún mis tinieblas.
¡Ah, nunca como ahora he sabido apreciar cuán dulce y misericordioso es el Señor! Me ha enviado esta pesada cruz en la ocasión en que podía llevarla; creo de veras que me hubiera desalentado antes. Ahora sólo me priva de todo sentimiento de natural satisfacción en mi aspiración a la patria celestial.
Paréceme, Madre mía, que nada me impide ahora partir, pues no tengo ya grandes deseos, fuera del de amar hasta morir de amor... Soy libre, ningún miedo tengo, ni aun el que más temía; me refiero al miedo de estar mucho tiempo enferma, y, por consiguiente, ser una carga para la Comunidad. Si al Señor le place, consiento gustosa en ver mi vida de padecimientos de cuerpo y de alma alargarse años y años.
¡Oh, no; no temo una larga vida, ni rehuso el combate!: El Señor es la roca en que estoy levantada; El educa mis manos para el combate y mis dedos para la guerra; es mi escudo, en El confío. Nunca he pedido a Dios morir joven; verdad es que siempre he creído que así sería, pero nunca hice nada para lograrlo.
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