Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 9

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La prueba de la fe

Tramo 12 de 26

Letra pequeñaMedianaGrande

Muchas veces se contenta el Señor sólo con los deseos de trabajar para su gloria; bien sabe Vuestra Reverencia, Madre mía, que mis deseos han sido siempre muy grandes. Sabe también que Jesús me ha ofrecido más de un amargo cáliz relativo a mis queridas hermanas. ¡Oh! razón tenía el santo rey David cuando cantaba: “¡Cuán bueno y dulce es a los hermanos el habitar juntos en perfecta unión!”. Mas esta unión no puede llevarse a cabo en la tierra sino en medio de los sacrificios. No, no vine a este bendito Carmen para vivir con mis hermanas; por el contrario, presentía que me ocasionaría esto grandes sufrimientos, desde el momento en que no quiere uno conceder nada a la naturaleza.

¿Cómo puede decirse que es mayor perfección alejarse delos suyos? ¿Se ha reprochado alguna vez a los hermanos el combatir en el mismo campo de batalla, el volar a recibir juntos la palma del martirio? Sin duda se juzga con razón que se alientan mutuamente, pero también que el martirio de cada uno se convierte en el de todos.

Lo mismo sucede con la vida religiosa, considerada por los teólogos como un martirio. Al entregarse a Dios, no pierde el corazón su ternura natural; por el contrario, se desarrolla y crece dicha ternura, llegando a ser más pura y divina. Con esta ternura amo a Vuestra Reverencia, ¡oh, Madre mía!, y amo a mis hermanas. Sí, es para mí una felicidad el combatir en familia por la gloria del Rey de los cielos; pero estoy también dispuesta a volar a otro campo de batalla; si éste fuere el deseo del divino General, ni sería menester una orden; bastaría una mirada, una simple señal.

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