Capítulo 9
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La prueba de la fe
Tramo 7 de 26
La noche de aquel dichoso día entré muy contenta a la celda e iba a dormirme tranquilamente, cuando, como la noche precedente, me dio mi buen Jesús la misma señal de mi próxima entrada en la vida eterna.
Tenía entonces una fe tan viva y clara, que el pensamiento del cielo constituía toda mi felicidad; no podía comprender que hubiera impíos sin fe, y me persuadía de que ciertamente hablaban en contra de su pensamiento al negar la existencia de otro mundo.
En los tan luminosos días del tiempo pascual me dio a entender Jesús que realmente hay almas faltas de fe y esperanza, las cuales, por su abuso de las gracias divinas, han perdido esos preciosos tesoros, fuente de los únicos goces puros y verdaderos. Permitió que invadieran mi alma las más densas tinieblas, y que la idea del cielo, tan dulce para mí desde mi más tierna edad, viniese a ser objeto de lucha y de tormento. El padecimiento de esta tribulación no se limitó a varios días o algunas semanas; hace ya meses que la sufro, y todavía aguardo la hora de verme libre de ella. Quisiera expresar lo que siento, pero no es posible. Se necesita haber pasado por ese tenebroso túnel para comprender su oscuridad. Esto no obstante, intentaré explicarlo con una comparación.
Supongo que he nacido en un país envuelto en espesa niebla. Jamás he contemplado el sonriente aspecto de la naturaleza, ni visto brillar un solo rayo de sol. Pero desde mi infancia, oigo hablar constantemente de sus maravillas, y sé que el país que habito no es mi patria, que hay otro hacia el cual debo aspirar incesantemente.
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