Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 8 de 31
Considerando de lejos, parece muy fácil hacer bien a las almas, procurar que adelanten y crezcan en el amor de Dios, modelarlas según nuestras propias miras y pensamiento. Pero de cerca, por el contrario, se advierte que hacer algún bien es cosa tan imposible sin la ayuda divina, como pretender que durante la noche vuelva el sol a nuestro hemisferio. Adviértase que es de absoluta precisión olvidar nuestros gustos, nuestras ideas personales, y guiar las almas, no según nuestro rumbo, no por el camino que seguimos nosotros, sino por el camino particular que les indique Jesús. Mas noes ésta la mayor dificultad; lo que a mí me cuesta más que todo es observar las faltas, hasta las más ligeras imperfecciones, y declararles la guerra a muerte.
Iba a decir, desgraciadamente para mí; pero no, esto sería cobardía; digo, pues, felizmente para mis hermanas, desde que me establecí en los brazos de Jesús, soy como el vigía que desde la más alta torrecilla de un castillo observa al enemigo. Nada se oculta a mis miradas, y juzgo muy excusable la acción del profeta Jonás huyéndose de delante de la faz del Señor para no anunciar la ruina de Nínive. Preferiría recibir mil reproches antes que dirigir uno solo; pero me parece muy necesario que esta tarea sea para mí motivo de sufrimiento, pues cuando se obra por impulso natural, no es posible que el alma defectuosa advierta sus yerros, antes bien, piensa que la monja encargada de dirigirla está descontenta, y hace recaer su enojo sobre ella, a pesar de las buenas intenciones que la animan.
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