Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 28 de 31
Vos sabéis, Dios mío, que nunca he tenido otro deseo que el de amaros únicamente, que no ambiciono otra gloria. Desde mi tierna infancia me salió al encuentro vuestro amor, ha crecido conmigo y ha llegado a ser un abismo de insondable profundidad.
El amor atrae al amor: el mío se lanza hacia Vos, anhelando colmar el abismo que le atrae. Mas, ¡ay!, es más pequeño que la gota de rocío perdida en el Océano. Para amaros como Vos me amáis, es preciso acudir a vuestro amor; sólo entonces encuentra descanso mi alma. ¡Oh, Jesús mío!, me parece que no podéis prodigar mayor amor a un alma del que habéis prodigado a la mía; por eso me atrevo a pediros que améis a los que me habéis dado, como me habéis amado a mí misma.
Si algún día descubro en el cielo que las amáis más que a mí, me regocijaré, pues reconozco ya desde este mundo que merecen esas almas vuestro amor más que la mía: pero aquí abajo no puede concebir mi inteligencia mayor intensidad de amor que aquél con que os habéis dignado favorecerme, sin mérito alguno de mi parte.
Me sorprende, Madre mía haber escrito todo esto; no era tal mi intención.
Al citar este pasaje del Santo Evangelio: “Les he dado las palabras que tú me diste”. no me refería a mis hermanos, sino a mis hermanitas las novicias, pues no me considero capaz de instruir a misioneros. A ellos les dedicaba la oración de Jesús: “No te ruego que los quites del mundo... Mas no ruego solamente por ellos, sino también por los que han de creer en Ti por la palabra de ellos”. En efecto ¿sería posible olvidara las almas que han de conquistar por medio del sufrimiento y de la predicación? Mas no he acabado aún de expresar mi idea sobre el pasaje del Cantar: “ Atráeme, correremos...”
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