Capítulo 10
Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús
La caridad fraterna
Tramo 24 de 31
Considerando las obligaciones que me imponía, puse manos a la obra, procurando redoblar mi fervor, y escribí de vez en cuando algunas cartas a mi nuevo hermano. Indudablemente la oración y el sacrificio son la ayuda más eficaz que podemos ofrecer a los misioneros; pero a veces, cuando le place a Jesús unir dos almas para que le glorifiquen, permite que puedan comunicarse sus pensamientos para alentarse mutuamente en el amor de Dios.
No ignoro que es menester para esto la expresa voluntad de los Superiores; me parece que si se solicitase esta correspondencia sería más bien perjudicial que provechosa, si no al misionero, por lo menos a la carmelita, pues por su género de vida está siempre inclinada a replegarse sobre sí misma. Este cambio de cartas, aun no siendo frecuente, en vez de unirla a Dios, le ocuparía inútilmente el espíritu; se imaginaría tal vez que obraba maravillas, y en realidad no haría más que procurarse una distracción superflua, bajo las apariencias de celo.
Otra vez, amada Madre, me engolfo, no en una distracción, pero sí en una disertación no menos superflua... ¡Jamás lograré corregirme de esas largas disgresiones, que tantas molestias ocasionarán a Vuestra Reverencia al leerlas! Perdóneme y permítame que en la próxima ocasión vuelva a hacer lo mismo.
El año pasado, a fines de mayo, me dio Vuestra Reverencia, Madre mía, mi segundo hermano, y al objetarle yo que, habiendo ofrecido ya mis pobres méritos por un futuro apóstol, me parecía que no podría volver a hacerlo por otro, me respondió que la obediencia duplicaría mis méritos..
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