Santos Apóstoles · Kindle

Capítulo 11

Historia de un alma · Santa Teresita del Niño Jesús

La confianza y el amor

Tramo 5 de 16

Letra pequeñaMedianaGrande

Al día siguiente, 10 de mayo, comenzaba a clarear la aurora, cuando me encontré, en sueños, en una galería paseándome sola con nuestra Madre. De repente, sin saber cómo habrían entrado, divisé tres carmelitas revestidas de sus mantos y grandes velos. Comprendí que venían del cielo, por lo cual pensaba en mi interior: ¡Cuánto me alegraría de poder ver la cara de una de estas carmelitas! En el mismo instante, como si hubiera sido atendido mi ruego, se acercó a mí la más alta de las santas; caí de rodillas ante ella, y, ¡oh felicidad!, levantó su velo o, mejor dicho, lo elevó un poco y me cubrió con él.

Sin titubear un instante, reconocí a la Venerable Madre Ana de Jesús; la misma que introdujo la reforma del Carmen en Francia.”

Su rostro era hermoso, de hermosura inmaterial, no despedía ningún rayo luminoso, y sin embargo, a pesar del denso velo que nos envolvía a las dos, veía aquel rostro celestial iluminado por una claridad inefablemente dulce, que parecía producir por sí mismo.

La santa me colmó de caricias, y viéndome tan tiernamente amada, me atrevía decir estas palabras: ¡Oh, Madre mía; le ruego que me diga si Dios me dejará mucho tiempo todavía en la tierra! ¿Vendrá pronto a buscarme? A lo cual me respondió con tierna sonrisa: Sí, pronto... pronto... Te lo prometo. —Madre mía, añadí, dígame también si Dios no desea nada que mis pobres obritas y mis buenos deseos; ¿está contento de mí?

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