Santos Apóstoles · Kindle

Libro I · Capítulo 13

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 1 de 3

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1. Nunca he llegado a saber a qué obedecía mi aborrecimiento por la lengua griega que me forzaban a aprender, pero en cambio me gustaba mucho la lengua latina. No por cierto la de la primera enseñanza en la que se aprende a leer, escribir y contar, ya que ésta me era tan odiosa como el aprendizaje del griego; pero sí la enseñanza de los llamados “gramáticos”. ¿Pero de dónde venía esto, sino del pecado y la vanidad de la vida? Porque yo era carne y espíritu que camina sin volver atrás (Sal. 77,39). Ciertamente eran mejores, por más ciertas, aquellas primeras letras a las que debo el poder leer algo y escribir lo que quiero, que no aquellas otras que me hacían considerar con emoción las andanzas de Eneas con olvido de mis propias malas andanzas; llorar a Dido muerta y su muerte de amor, mientras veía yo pasar sin lágrimas mi propia muerte; una muerte que moría yo lejos de ti, que eres mi Dios y mi vida. Pues no hay nada más lamentable que la condición de un miserable que no tiene compasión de su miseria. ¿Quién tan desdichado como uno que lloraba la muerte de Dido por el amor de Eneas pero no esa otra muerte propia, muerte terrible, que consiste en no amarte a ti?

2. ¡Oh, Dios, luz de mi corazón y pan de mi alma, fuerza que fecunda mi ser y los senos de mi pensamiento! Yo no te amaba entonces, y me entregaba lejos de ti a fornicarios amores; pues no otra cosa que fornicación es la amistad del mundo lejos de ti. Pero por todos lados oía yo continuas alabanzas de mi fornicación: “¡Bien, muy bien!”, gritaban los que me veían fornicar. También es cierto que decimos: “¡Bien, muy bien!” cuando el elogio es evidentemente inmerecido y queremos con él humillar a la gente.

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