Santos Apóstoles · Kindle

Libro III · Capítulo 8

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 3 de 4

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Estos son los principios capitales de la iniquidad. Se derivan de la desordenada concupiscencia de dominar, de ver y de sentir: o de una de éstas, o de dos, o de las tres. Y así, ¡oh Dios excelso y dulcísimo!, se vive mal, en contrariedad con los tres y los siete mandamientos de tu decálogo, el salterio de diez cuerdas (Sal 21,2).

3. Pero, ¿qué malicia puede haber en ti, incorruptible como eres? ¿o qué crimen te puede dañar, siendo como eres inaccesible al mal?

Con todo, tú castigas lo que los hombres se hacen entre ellos de malo; porque cuando pecan contra ti se perjudican ellos mismos. La iniquidad se miente a sí misma (Sal 26, 12), cuando corrompe y pervierte la naturaleza que tú creaste y ordenaste, o usando sin moderación de las cosas permitidas, o ardiendo en deseos de lo no permitido en un uso contra natura (Rm 1,26), o se hacen los hombres reos de rebeldía contra ti en su ánimo y en sus palabras, dando patadas contra el aguijón (Hch 9,5); o, finalmente, cuando en su audacia rompen los lazos y traspasan los límites de la sociedad humana y se gozan en privados conciliábulos o en privados despojos, al azar de sus gustos y resentimientos.

4. Todo esto sucede cuando los hombres te abandonan a ti, que eres la fuente de la vida, el verdadero creador y gobernador del universo; cuando la soberbia personal ama una parte del todo haciendo de ella un falso todo.

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