Libro IV · Capítulo 3
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. No dejaba yo por aquel entonces de consultar a otros astrólogos planetarios, a esos que llaman “matemáticos”, porque no se valían de conjuros ni de sacrificios a los espíritus, pero practicaban otra suerte de adivinación, que también se opone a la piedad cristiana. Bien está, Señor, que te lo confiese y te diga: “Ten misericordia de mí y sana mi alma, pues he pecado contra ti” (Sal 50, 3). Así como es bueno no abusar de tu indulgencia para pecar con más libertad, sino recordar lo que en cierta ocasión dijiste: “Mira, ya has sido sanado. No vuelvas a pecar, no sea que te suceda algo peor” (Jn 5, 14). Esta sanidad combaten y quieren matar los astrólogos cuando dicen que en el cielo mismo es donde hay que buscar las inevitables causas del pecado de los hombres; que Venus hizo esto, Saturno hizo aquello y Marte lo de más allá. Con esto pretenden que el hombre no es culpable de ser carne y sangre y ensoberbecida putrefacción, sino que del pecado se ha de culpar al cielo y al creador y ordenador de las estrellas, a ti, Dios nuestro, suavidad eterna y origen de toda justicia; a ti, que eres el que has de retribuir a cada uno según sus obras y que nunca desprecias un corazón contrito y humillado (Mt 16, 27 y Sal 50, 19).
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