Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 3

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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2. Había entonces un varón muy instruido, peritísimo en la medicina, en la cual se había merecido una justa reputación. Este, siendo también procónsul, había puesto su mano sobre mi insana cabeza, no como médico, sino para imponerme la corona ganada en aquel certamen poético. No fue pues él quien me curó de aquella otra enfermedad que sólo tú puedes curar. Tú, que a los soberbios les resistes y a los humildes les das tu gracia (1P 5, 5). Pero tampoco entonces me faltaste ni te desentendiste de mi salud con ese anciano médico; pues me había hecho muy amigo suyo y muy apegado a su persona y me embelesaban sus discursos siempre llenos de amena gravedad y de vivacidad en sus sentencias en las cuales no había, sin embargo, pretensiones literarias.

Cuando por mí mismo supo que me entregaba yo a la astrología me amonestó con paternal benignidad a que la abandonara, ya que desperdiciaba en tonterías una actividad necesaria en cosas de mayor provecho. Me dijo que él mismo había en sus mocedades aprendido la astrología, hasta pensado en vivir de ella como de su profesión, pues si había podido entender a Hipócrates también podría entender todos esos libros. Sin embargo había dejado eso por la medicina no por otra razón, sino porque había llegado a comprender la enorme falsedad que en ello había y, siendo un hombre honrado, no había querido vivir a costa del engaño de los demás. “Pero tú, me dijo, cuentas para tu sustento con el arte de la retórica y te dedicas a estas falacias no por necesidades de tu familia sino sólo y libremente por curiosidad. Conviene que me creas cuanto de todo eso te digo yo, que tan a fondo lo estudié y llegué hasta a pensar en ganarme la vida con la astrología”.

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