Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 4

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

Letra pequeñaMedianaGrande

2. ¿Quién puede cantar tus alabanzas sólo por lo que en sí mismo y en sí sólo ha experimentado? ¡Lo que hiciste entonces, Dios mío y cuán insondable es el abismo de tus juicios! Cayó el enfermo con grandes fiebres y quedó por un tiempo inconsciente y bañado en sudores mortales. Como se temió por su vida fue bautizado en ese estado de inconsciencia y yo no me preocupé de ese bautismo, con la idea de que su alma habría de retener más bien lo que de mí había aprendido, que no aquello que se le hacía sin que él se diera cuenta. Pero las cosas fueron de otro modo, pues él se recuperó y quedó de nuevo sano.

En el primer momento en que pude hablar con él (que fue el primero en que él pudo hablar, pues no me separaba yo de él y dependíamos fuertemente el uno del otro) empecé a ridiculizar aquel bautismo que él había recibido en total ausencia de sí mismo, pero que ya sabía haber recibido. Seguro estaba yo de que me acompañaría en mis burlas; pero él me miró con horror, como a un enemigo y, con una libertad tan admirable como repentina me declaró que si quería seguir siendo su amigo debía renunciar a hablarle de semejante modo.

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