Libro IV · Capítulo 7
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 1
1. ¡Oh demencia, incapaz de amar humanamente a los hombres! ¡Insensato de mí, que me dejaba llevar sin moderación de las pasiones humanas! Así era yo en aquel tiempo. Me enardecía, suspiraba, lloraba y me turbaba, sin descanso ni consejo. Así iba cargando mi alma destrozada y sangrante, que no se dejaba cargar y yo no sabía en dónde ponerla. Ni en los bosques más amenos ni en los juegos y los cantos, ni en los olorosos jardines, ni en los brillantes convites, ni en los placeres del lecho, ni en los libros y poemas hallaba reposo. Todo me era aborrecible, la luz misma y todo cuanto no era él me era tedioso y no llevadero y mi único consuelo, bien relativo, eran las lágrimas y los gemidos.
2. Y cuándo desistía de llorar me aplastaba un enorme peso de miseria que sólo tú podías aliviar. Yo sabía esto, pero ni quería ni podía; cuando pensaba en ti no eras para mí algo firme y sólido, sino un vacío fantasma. Pero eso, fantasma era, no tú y mi error era mi dios. Y cuando quería poner mi alma en mi dios, como en un lugar de descanso, se me resbalaba en el vacío y de nuevo caía sobre mí. Era yo para mí mismo un lugar de desdicha en el cual no podía estar y del cual no me podía evadir. ¿Cómo podía mi corazón huir de sí mismo y, a dónde iría yo que él no me siguiera? Y sin embargo, huí de mi patria, para que mis ojos lo buscaran menos en lugares en que no estaban acostumbrados a verlo. Salí pues de Tagaste y me fui a Cartago.
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