Libro IV · Capítulo 12
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. Entonces: si te agradan los cuerpos, alaba a Dios por ellos y endereza al artífice tu amor; no sea que en las cosas que a ti te placen a él le desagrades. Pero si te agradan las almas ámalas en Dios; porque ellas también son inestables, pero en Dios se estabilizan y sin Él pasan y perecen. Han de ser pues, amadas en Dios. Arrastra hacia Él a cuantas puedas y diles: “A Él y sólo a Él debemos amar; Él lo hizo todo y no está lejos. Porque no hizo las cosas para marcharse luego, sino las hizo y están en Él. Donde Él está, la Verdad adquiere sabor; Él está muy adentro del corazón, pero el corazón se aparta de Él. Volveos, prevaricadores a vuestro propio corazón (Is 46, 8) y abrazad allí al que os creó. Estad con Él y seréis estables; descansad en Él y vuestro descanso será verdadero. ¿A dónde vais por fragosos caminos? Lo que amáis, de Él procede y no es bueno y suave sino por cuanto a Él se refiere. Pero lo dulce se volverá justamente amargo si se le ama con injusticia, con abandono de aquél que lo creó”.
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