Libro IV · Capítulo 15
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 3 de 3
3. ¿Qué soberbia mayor que la de pensar en mi demencia que yo soy de la misma naturaleza que tú? Como yo me sabía mudable precisamente porque quería ser sabio para pasar de lo menos bueno a lo mejor, antes que admitir que yo era lo que eres tú, prefería pensar que tú eres mudable como yo. Entonces tú me rechazabas y resistías a mi fatua vanidad y yo, siendo carne, lo manifestaba imaginándome formas corpóreas y, espíritu vagabundo, no retornaba a ti y me movía entre cosas que no existen ni en ti ni en mí, ni fuera de mí. No eran formas creadas en mí por tu verdad, sino fingidas por mi imaginación sobre el modelo de lo que son los cuerpos y, a tus hijos fieles, de los cuales andaba sin saberlo desterrado, les decía con parlanchina necedad: “¿Cómo puede errar el alma si fue creada por Dios?”. Y no quería que se me respondiera: “Entonces, ¿Dios puede errar?”. Y prefería pensar que tu sustancia inmutable erraba por necesidad, más bien que admitir que mi sustancia mudable yerra por albedrío y encuentra en el error mismo su pena.
4. Tenía yo veintiséis o veintisiete años cuando compuse aquellos libros revolviendo en mi mente ficciones corpóreas que aturdían mi corazón y, sin embargo, tendía mi oído interior a la dulce melodía de tu voz, pues al meditar sobre lo bello y lo apto deseaba, en el fondo, estar ante ti y escucharte y gozar con la voz del esposo (Jn 3, 29). Pero no podía; las voces de mi error me sacaban fuera de mí y me arrastraban hacia abajo con el peso de mi soberbia. Es que tú no dabas gozo a mi oído ni alegría; ni tampoco exultaban mis huesos (Sal 50, 10), porque no eran humildes.
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