Santos Apóstoles · Kindle

Libro IV · Capítulo 15

Las confesiones · San Agustín de Hipona

Tramo 2 de 3

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2. Ignoraba yo, pues de nadie lo había aprendido, que el mal no es una sustancia y que la mente humana no es tampoco el bien sumo e inmutable. Así como se cometen los crímenes cuando es vicioso el movimiento del ánimo y éste se avienta con ímpetu y con turbia insolencia y, así como se cometen los vicios cuando es inmoderada la inclinación del alma hacia las voluptuosidades carnales, así también los errores y las falsas opiniones contaminan la vida cuando la misma mente racional es viciosa.

Así era la mía entonces; yo ignoraba que la mente ha de ser iluminada por otra lumbre, ya que no es ella misma la esencia de la verdad. “Tú, Dios mío, iluminarás mi lucerna, iluminarás mis tinieblas y de tu plenitud recibimos todos” (Sal 17, 20; Jn 1, 16). Porque tú eres la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1, 9). Y en ti no hay mutación ni sombra de declinación (St 1, 17). Yo me esforzaba por llegar a ti, pero era de ti rechazado, pues a los soberbios tú les resistes (1P 5, 5).

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