Libro IV · Capítulo 15
Las confesiones · San Agustín de Hipona
Tramo 1 de 3
1. Pero yo no entendía aún la capital importancia de tu acción providencial, ¡oh, Dios omnipotente!, que obras maravillas tú sólo. Mi ánimo vagaba por las formas corporales y distinguía lo bello, que parece bien por sí mismo, de lo apto o conveniente, que lo parece porque se acomoda a algo y esto lo fundaba en ejemplos sacados del mundo corporal.
De eso pasé a la consideración de la naturaleza del alma; pero la falsa idea que me había formado sobre lo que es el espíritu me impedía ver la verdad. La fuerza de la verdad irrumpía en mis ojos; pero yo apartaba la mente vacilante del concepto mismo de lo incorpóreo, reduciéndolo todo a líneas, colores y volúmenes. Y porque tales cosas espirituales no las podía forjar en mi imaginación creía no poder conocer el alma. Ya amaba la paz en la virtud y odiaba en el vicio la discordia; advertía en aquella la unidad y en éste la división. Y en aquella unidad me parecía que estaba la mente racional, la naturaleza de la verdad y del sumo bien; al paso que en la división del vicio veía yo la vida irracional, no sé que naturaleza y sustancia del sumo mal, que no era sólo sustancia, sino también vida. Y no sólo vida, mísero de mí, sino vida absoluta e independiente de ti, de quien todo procede. Y a la primera, concebida por mí como “mente sin sexo”, la llamaba “mónada” y a la otra la llamaba “díada”, de que proceden la ira en el crimen y la sensualidad en los vicios. Así hablaba yo sin saber lo que decía.
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